El peligro de los gilipollas

La agresión a un miembro de las Nuevas Generaciones del PP en Elda debería llamar la atención de los cuadros equivalentes en las agrupaciones de izquierda que no deseen que sus pretensiones de cambio sean sistemáticamente identificadas con actos violentos.
Que de las mismas bocas hayan salido las expresiones “viva la república” y “vamos a acabar con vosotros” no es nada tranquilizador.

Los comunicados de repulsa emitidos por las NN.GG. del PP y su estructura partidaria se regodean utilizando a su vez términos como “izquierda radical” y no hacen más que crear confusión ante un hecho que es deseable no se vuelva a repetir, si bien lamentablemente, dada la proverbial ignorancia y falta de sentido común de los gilipollas de turno, es probable que los veamos más veces.

Cualquier persona medianamente informada sabe que con la legislación actual no es posible convocar un referéndum vinculante relativo al final de la monarquía (en España) y el paso a un Estado republicano. Tampoco es posible, con la conformación actual de las Cámaras legislativas, forzar una convocatoria de Asamblea Constituyente que lleve a cambios sustanciales en la Constitución vigente.

La única forma de dar un vuelco a esta situación está en las citas electorales. Las elecciones regionales y municipales pueden marcar el camino, para confirmar las intenciones en las Generales. Y todo ello sin necesidad de cometer gilipolleces como la agresión ocurrida en Elda. Ya que se habla de una nueva generación de ciudadanos que está lejos de sentirse identificada por una monarquía, los mejores métodos de forzar un cambio son el sentido común y la convicción de que es posible realizarlo sin violencia.

disturbiosPara los agresores, el “error” de su víctima en Elda fue manifestar su convicción ideológica y practicarla como militante de una agrupación política. Es decir, por ejercer su libertad de expresión.

Pero ellos, por el contrario, se consagraron como unos gilipollas irreflexivos, situados a la misma altura de la ultraderecha que irrumpe en la librería Blanquernes de Madrid o los “indignados” que hace tres años agredieron a varios diputados catalanes. O la de los “encapuchados” que se dedican a destrozar mobiliario urbano durante cualquiera de las concentraciones reivindicativas que la ciudadanía intenta realizar sin incidentes. Y la lista podría continuar.

Hay mucho gilipolla suelto dispuesto a boicotear con actos irracionales una deriva que ya tiene marcado su rumbo pero que, por culpa de estos pobres idiotas, puede sufrir postergaciones innecesarias. Quien quiera que en España haya una república debe militar con el cerebro y preguntarse qué se gana pegándole a un chico en una plaza, empujando a personas en una librería o pintando dianas en la cara de rivales políticos. •

Se ve el plumero al hacer diferencias

Ya es tema de debate en territorio catalán el particular celo con el que se investiga el entorno social y las actividades de las personas que circulan con atuendos típicos como burka o niqab. Ya no alcanza a los extremistas de la identidad catalana (que no escapa al perfil conservador que caracteriza a cualquier reivindicación mono-culturalista) el hecho de reforzar las diferencias que tienen con el resto de la sociedad ibérica, que ahora tampoco quieren demasiada intrusión de corrientes culturales que incorporan el ocultamiento del rostro.

Caer en la segregación basada en cualquiera de los aspectos que la Carta de los DDHH consagra como derechos individuales inalienables no parece frenar a estos autodidactas de la polémica. Bajo la excusa de que “si lleva burka, en algo (malo) andará”, esa persona puede ser vigilada e investigada aduciendo posibles conexiones con posiciones salafistas. Es decir,  otra generalización que sirve para confundir al personal local, temeroso de perder su “pobreza consolidada” en un sistema que le promete protegerlo a cambio de callar ante los crímenes de guante blanco de su Govern.

El salafismo es el equivalente, para los católicos, de una corriente dogmática, que abraza el mensaje original de su Fe e intenta practicarlo y difundirlo. Otra cosa son los yihadistas (para el caso, los salafistas yihadistas) que sí aplican métodos violentos y con fines terroristas con tal de imponer sus creencias.

En este sentido, las autoridades catalanas vuelven a mear fuera del tarro ya que no pueden vender un mensaje de sociedad pluralista y abierta, mientras aleccionan a su policía para invadir la intimidad de determinados ciudadanos por profesar otra religión (que es lo único que dice su vestimenta). Dado que el Consejo de Europa aprobó en su momento una resolución en la que rechazaba que los Estados prohibieran “de forma general” el uso del velo integral, la solución parece ser la de discriminar mediante la investigación inducida por el aspecto más que por el comportamiento.

niqab
Mujeres con niqab

Llegados a este punto, si bien es plausible que haya más yihadistas entre las personas que se visten de determinada manera, no es menos cierto entonces que pueda haber más filo-nazis entre quienes defienden una cierta uniformidad en lo religioso, lo étnico o lo lingüístico.

Hasta ERC dejó huella con su abstención al votarse la medida porque si te abstienes, tampoco te opones. Y todo forma parte del proyecto que el Conseller de Interior, Ramón Espadaler, espera se sancione como Ley del espacio público, que regularía entre otras cosas la indumentaria aceptada en la vía pública, etc.

Espadaler, originario de Vic, el laboratorio conservador de los catalanistas que registra más de un incidente con tintes xenofóbicos, se muestra sin embargo más cauto en cuanto al mensaje de cabecera de las concentraciones de la próxima Diada (11-sept). “Independencia para cambiarlo todo” le parece un poco fuerte a Espadaler, que estará ocupado gestionando la seguridad en las calles.

Pero no le parece fuerte decirle a sus Mossos que hurguen en la vida de ciudadanos que se visten como indica su religión. Mucho por hacer le queda a los líderes del catalanismo para convencer al personal de lo abiertos que son. O será de nuevo un “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. • 8/13