Protestar y luego no votar… ¿qué sentido tiene?

La interpretación del sistema electoral democrático desde un punto de vista no participacionista carece de sentido si luego en el tiempo intermedio entre urnas se forman colectivos con presuntas soluciones revolucionarias que luego son incapaces de articular en una plataforma política.

La indiferencia y la indolencia entre los ciudadanos conduce a callejones sin salida, porque quienes se hayan sentido burlados en sus expectativas durante estos años, disponen de la opción de cambio que el mismo aburguesamiento de la sociedad ha convertido en un mero trámite. Votar no es un mero trámite. Resume la voluntad de participar y opinar, la de ejercer un derecho individual básico: determinar colectivamente el perfil de quienes quieren que los gobierne.

Y si estos luego se apoyan en el volumen de votos para justificar sus actos, incluidos los reprobables o condenables, pero hay un porcentaje no despreciable de ciudadanos que manifiestan su descontento y oposición a dicha gestión, ¿por qué luego no se refleja en la siguiente cita con las urnas? Entre los que prefieren no votar y los que acuden para votar en blanco, con la peregrina convicción de quejarse así del sistema, hay una población latente que supera en porcentaje los resultados que busca más de una agrupación política.

No son los indecisos de las encuestas sino más bien los que por no participar condenan (y se condenan) al continuismo al resto de la población que, disconforme con su realidad cotidiana, tuvo la responsabilidad y la valentía de expresar su opinión en las urnas. • 11-7-10

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