En la (búsqueda de la) construcción de una identidad representativa, la sociedad estadounidense absorbió a tiempo varios términos inicialmente peyorativos, como americanos o yanquis, para convertirlos en expresión auto-referida. De forma paralela, acuñó algunos términos que compartimentalizaran adecuadamente los subconjuntos molestos, esas minorías despojadas de oportunidades igualitarias hasta hace pocas décadas y toda intrusión social que amenazara con alterar esta pintoresca versión de pax romana en que se ha convertido Estados Unidos.
Un recorrido por las barriadas negras del extrarradio neoyorquino, paradigma de la heterogeneidad étnica en ese país, permite construir un patético instruccionario ficción del prejuicio que, como actitud, también forma parte de su identidad nacional.
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