Cuando a Obama le comunicaron que le entregaban esta “patata caliente” lo habrá tomado de sorpresa, en alguna sesión fotográfica de sonrisas. Casi todo lo que viene de afuera es extraño para el estadounidense medio, como ocurre en cualquier país del mundo. A este ciudadano castigado por el paro, los embargos y las renegociaciones de deudas le informan que su presidente recibe un premio a la actitud pacificadora mientras seguramente esté reunido con unos generales organizando el envío de más contingentes a… “¿qué toca hoy, Sam?” Este ciudadano de la calle piensa que este premio obligará a su presidente a ocuparse de más temas exteriores y descuidar más los internos. Obama se debate entre sus obligaciones formales hacia quienes gobierna y las obligaciones internacionales derivadas de su cargo. Quizás haya un humor escandinavo demasiado sutil para ese ciudadano medio. Nuestro hombre recorrió los bares de varios estados y nos presenta la visión interna de un país que a veces parece pero no es.
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Obama debió haber rechazado este premio. Eso lo hubiera enaltecido como político. Es absurdo dar un premio de la Paz a alguien que hasta ahora solo ha pronunciado discursos a favor de ella, si cabe que le den el Nobel de Literatura y cuando se haya cerrado Guantánamo, pacificado Irak y Afganistán… que recoja el Noble de la Paz…